Jesús Esperanza de Gloria

Jesús Esperanza de Gloria

domingo, 31 de marzo de 2013

La oración de fe o del pecador

El que dice: Yo le he conocido, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y no hay verdad en él. 1Juan 2:4

Muchas personas dicen conocer a Dios pero el estilo de vida que llevan demuestra lo contrario. Son personas que han sido engañadas por un evangelio falso y tienen puesta su fe y seguridad en una salvación que no es real. 

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre sacamos demonios, y en tu nombre hicimos muchas grandezas? Y entonces les confesaré: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad. Mateo 7:21-23 

Muchas conversiones falsas de muchos que dicen ser cristianos o evangélicos en iglesias que creen en las doctrinas esenciales de la fe, se debe a que les dicen a las personas que hagan una simple oración de fe y que pidan que Cristo entre en sus corazones, después de que las personas aceptan a Cristo les dicen que son salvos y que sus nombres han sido escritos en el libro de la vida. Estas personas no conocen el verdadero significado del pecado y su origen, por lo tanto no hay arrepentimiento, y siguen considerándose mas buenas que otras. No hay santidad en ellos que demuestre que la fe que profesan es genuina.Sin santidad  nadie verá al Señor (Hebreos 12:14).

La oración de fe o del pecador fue introducida en la historia de la iglesia a finales del siglo XIX y principios del siglo XX algunos evangelistas empezaron a utilizar este método  seguramente con buenas intenciones, pero a pesar de ellas, no tenían una buena comprensión de la Palabra de Dios. Ninguno de los 66 libros de la Biblia hace referencia a que las personas deben repetir o recitar  una oración para ser salvos. Jesús  dijo: El tiempo es cumplido; y el Reino de Dios está cerca: arrepentíos, y creed al Evangelio,(Marcos 1:15). Nunca dijo pidan que yo entre en sus corazones. Tampoco lo dijeron ninguno de los profetas o de los discípulos del Antiguo y Nuevo Testamento. Este método contradice al gran evangelista de todos lo tiempos "el Señor Jesús" y quita la importancia del arrepentimiento. Cuando Él predicaba, conducía a sus oyentes al arrepentimiento genuino, porque los hacia conscientes de su pecado.

Tenemos la responsabilidad de predicar el evangelio completo, la cruz de Cristo, la resurrección de Cristo, la gracia de Dios, pero todo tiene un orden, y comienza por el pecado.




sábado, 30 de marzo de 2013

El Pecado

El pecado

por J.C. Ryle


"El pecado es transgresión de la ley" (1 Juan 3:4) 


Quien desee tener nociones claras sobre la santidad cristiana, debe empezar estudiando el vasto y solemne tema del pecado. Si se quiere edificar muy alto, primero se ha de cavar muy hondo. Cualquier error sobre este punto es fatal. Por lo general, las ideas equivocadas que sobre la santidad se tienen son resultado de nociones erróneas con respecto a la depravación de la naturaleza humana. Para una comprensión apropiada del teme de la santidad, hay que entender primero el tema del pecado.



Es evidente, y bíblico al mismo tiempo, que el conocimiento del pecado constituye la raíz misma de la fe cristiana. Sin él, doctrinas tales como la justificación, la conversión, la santificación, no son más que meras palabras que no aportan conocimiento alguno a la mente. Cuando Dios se propone hacer una nueva criatura en Cristo, lo que primeramente hace es enviar luz al corazón del pecador, a fin de que éste puede ver su estado de culpabilidad. La creación material del Génesis empezó con luz, y con luz empieza también la creación espiritual. Por la obra del Espíritu Santo, Dios brilla en nuestros corazones, y es así como la vida espiritual empieza (2ª Corintios 4:6). Gran parte de los errores, herejías y doctrinas falsas tan comunes en nuestro tiempo, se originan y tienen su causa en ideas poco claras y poco profundas sobre el pecado. Si una persona no se ha dado cuenta de la peligrosa naturaleza de la enfermedad de su alma, no nos extrañe que se contente con remedios falsos o imperfectos. Una de las necesidades más imperiosas de nuestro siglo ha sido, y es, la de una enseñanza más clara y completa de lo que es el pecado.



Definición de pecado.
Todos estamos familiarizados con los términos ‘pecado’ y ‘pecadores’. Con frecuencia hablamos del "pecado en el mundo, y de personas cometiendo ‘pecados". Pero ¿qué es lo que queremos decir cuando usamos estos términos y estas frases? ¿Comprendemos lo que decimos? Mucho me temo que sobre este tema reina mucha confusión y oscuridad. De una manera tan breve como pueda trataré de definir lo que es el pecado.


El pecado es la culpa y corrupción de la naturaleza de cada hombre que desciende de Adán; por la cual el hombre está muy lejos de la justicia original, y por su propia naturaleza está inclinado al mal; de manera que la carne codicia continuamente contra el espíritu; por consiguiente, en toda persona nacida en este mundo, el pecado merece la ira y condenación de Dios’. El pecado es aquel mal tan común y universal que aflige a toda la raza humana, sin distinción de rango, clase, nombre, nación, pueblo o lengua; es un mal del que sólo se libró un hombre: el Señor Jesús.



Además, y de una manera más particular, el pecado consiste en hacer, decir, pensar o imaginar, cualquier cosa que no está en perfecta conformidad con la ley y mente de Dios. Como dice la Escritura: "El pecado es la transgresión de la ley". El más insignificante alejamiento (externo o interno) por nuestra parte de la voluntad revelada de Dios, constituye pecado y nos hace, por consiguiente, culpables delante de Dios.



A los que con atención leen la Biblia no es necesario que les diga que aunque una persona no cometa abierta y externamente un acto malo, en su corazón y en su mente puede haber traspasado la ley de Dios. En el Sermón del Monte el Señor Jesús estableció, sin dar lugar a dudas, esta posibilidad (Mateo 5:21-28). Con gran acierto ha dicho uno de nuestros poetas: ‘Un hombre puede sonreír y sonreír, y aún así ser un villano’.



Tampoco es necesario que haga observar al estudiante diligente del Nuevo Testamento, que hay no sólo pecados de comisión, sino también pecados de omisión; y que a menudo pecamos por ‘haber hecho las cosas que no debíamos haber hecho’, como pecamos también por ‘no haber hecho las cosas que debíamos haber hecho’. Esto bien claramente se prueba por aquellas palabras del Maestro que encontramos en el evangelio según Mateo: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno; porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber" (Mateo 25:41-42). Profunda y acertada fue la confesión de aquel santo hombre, el arzobispo Usher, antes de morir: "Señor, perdona todos mis pecados, y de una manera muy especial, mis pecados de omisión".


Particularmente en los tiempos en que vivimos, creo que es necesario recordar a mis lectores que una persona puede cometer pecado, y aunque sea tan ignorante del mismo que se crea inocente, no por ello deja de ser culpable. No puedo encontrar la sanción bíblica a la aserción moderna de que "el pecado no es pecado, a menos que seamos conscientes del mismo". La Palabra de Dios nos enseña todo lo contrario; en los capítulos 4 y 5 del libro del Levítico (por cierto tan descuidado) y en el capitulo 15 de Números, encontramos de una manera clara como se enseña a Israel que había pecados de ignorancia que dejaban al pueblo en una condición impura y una necesidad de sacrificios expiatorios. Y según las palabras tan evidentes del Señor Jesús, "al siervo que no entendió e hizo cosas dignas de azotes’, no se le excusó a causa de su ignorancia, sino que fue azotado o castigado" (Lucas 12:48). Haremos bien en recordar que si hacemos de nuestro conocimiento y conciencia (tan miserablemente imperfectos) la medida de nuestra pecaminosidad, nos colocaremos en terreno muy peligroso. Un buen estudio del libro de Levítico nos puede ayudar mucho en este aspecto.


Causa y origen del pecado.

Mucho me temo que sobre este particular la manera de pensar de muchos cristianos es tristemente defectuosa y poco sólida; por eso no dejaré sin tratar este punto. Acordémonos siempre de que la pecaminosidad del hombre no viene de afuera, sino que brota del interior de su corazón. No es el resultado de una formación deficiente en la infancia; no se debe a las malas compañías y a los malos ejemplos, como muchos cristianos débiles con demasiada indulgencia conceden. ¡No! Es una enfermedad familiar que todos hemos heredado de nuestros primeros padres Adán y Eva, con la cual hemos nacido. Nuestros primeros padres fueron creados ‘a imagen de Dios’ y en estado de justicia e inocencia, pero cayeron de esta justicia original y se convirtieron en pecadores. Y desde aquel día, todo hombre y mujer que viene a este mundo nace con la imagen del Adán caído, y en consecuencia hereda un corazón y una naturaleza inclinada al mal. "El pecado entró en el mundo por un hombre". "Lo que es nacido de la carne es enemistad contra Dios". "Porque de dentro, del corazón de los hombres (como si fuera una fuente), salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones y cosas semejantes" (Romanos 5:12; Juan 3:6; Efesios 2:3; Romanos 8:7; Marcos 7:21).



El más hermoso de los bebés que haya nacido este año, y que se ha convertido en el centro de los afectos y atenciones de la familia, no es, como cariñosamente lo llama su madre, un "pequeño ángel" o un "pequeño inocente", sino es un "pequeño pecador". ¡Ah! Por mucho que sonría y se mueva en la cunita, piensa que en su corazón lleva las semillas de la iniquidad. Vigilad estrechamente mientras crece en estatura y su mente se desarrolla, y pronto descubriras en él una tendencia constante hacia aquello que es malo, y un alejamiento de todo aquello que es bueno. Descubriras en él los brotes y los orígenes del engaño, de un temperamento malo, del egoísmo, de la voluntad propia, de la obstinación, de la avaricia, de la envidia, de los celos y de las pasiones que, de no ser reprimidas y controladas a tiempo, se desarrollarán con dolorosa rapidez. ¿Quién le enseñó al niño estas cosas? ¿Dónde las aprendió? Sólo la Biblia puede dar respuesta a estas preguntas. De todas las tonterías que cualquier padre puede decir de sus hijos, la peor es aquella  que dice "en el fondo mi hijo tiene buen corazón". "No es lo que debería ser, pero es que ha caído en malas manos". "Las escuelas públicas son lugares malos... Los maestros descuidan a los niños y..... Pero aun con todo, en el fondo, tiene buen corazón". En realidad, la verdad es lo diametralmente opuesto a las afirmaciones del padre: la causa primera de todo pecado está en la corrupción natural del corazón del muchacho y no en la escuela o las compañías.



El alcance del pecado.
No nos equivoquemos en este particular. Veamos cuál es el testimonio de la Escritura con referencia a los límites del pecado. "Todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal". "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso" (Génesis 6:5; Jeremías 17:9). La enfermedad del pecado corre por todas las partes de nuestra constitución moral y por todas las facultades de nuestro ser. Los afectos, las facultades intelectuales y la voluntad, están todas, más o menos, infectadas por la plaga del pecado. Incluso la conciencia es tan ciega que no constituye un guía seguro del cual podamos depender, y si no es iluminada por el Espíritu Santo, muy posiblemente nos llevará por un sendero equivocado. En resumen: ‘Desde la planta del pie hasta la cabeza, no hay en él cosa ilesa’ (Isaías 1:6). La enfermedad quizá esté encubierta bajo una delgada capa de cortesía, educación y decoro, pero se encuentra arraigada en lo profundo de nuestra naturaleza.


Admito plenamente que el hombre, aun después de la caída, posee grandes y nobles facultades, y que en las ciencias, en las artes y en la literatura da muestras de una capacidad maravillosa. Pero en lo que a las cosas espirituales concierne está totalmente ‘muerto’, y carece de un verdadero conocimiento, amor y temor natural de Dios. Lo mejor del hombre está tan mezclado con la corrupción, que el contraste aún pone más de relieve la verdad y alcance de la caída. Como resultado del pecado, en el hombre se dan grandes contrastes: en algunas cosas puede ascender a grandes alturas y en otras descender a un nivel muy bajo; en la concepción y realización de cosas materiales puede ser sublime, pero en sus afectos ruin y despreciable; puede diseñar y construir edificios como los de Karnak y Luxor en Egipto y el Partenón de Atenas, y sin embargo adorar a grotescas divinidades, a pájaros, animales, reptiles; es capaz de producir tragedias como las de Esquilo y Sófocles e historias como las de Tucídides, y sin embargo ser esclavo de vicios abominables, tales como los que se nos describen en el primer capítulo de la epístola a los Romanos. Este contraste constituye una gran dificultad para aquellos que se burlan de la Palabra de Dios y se ríen de nosotros como pobres ‘biblistas’. Sin embargo, nosotros, con la Biblia en la mano, podemos explicar el porqué de esta contradicción en el hombre. Reconocemos y podemos ver en el hombre las huellas y señales de lo que en un principio fue un templo majestuoso; un templo en el que Dios llegó a morar, pero que ahora, después de la caída, está completamente en ruinas. Una ventana rota aquí, una puerta y un pasillo aquí, todavía nos dan idea de la magnífica estructura original; pero con todo, se trata de un templo que ha perdido su gloria y que ahora permanece en ruinas. Nada puede explicar la presente condición del hombre a no ser la doctrina del pecado original y las consecuencias de la caída.



Recordemos, además, que cualquier parte y rincón del mundo nos ofrece testimonio de que el pecado es una enfermedad universal de la raza humana. Escudriña el globo de este a oeste y de polo a polo, investiga cuidadosamente todas las clases sociales de nuestro país desde las más altas a las más humildes, y lo que descubriras será siempre lo mismo. Las islas más remotas del Océano Pacífico (completamente separadas de Europa, Asia, África, y América, y habitadas por gente que ignora completamente los libros, el dinero, la pólvora, el vapor, y que no ha sido influenciada por los vicios de la civilización moderna), una vez fueron descubiertas, manifestaron que en ellas también reinaban las formas más bajas de la lujuria, la crueldad, la superchería y la superstición. Por ignorantes que hayan sido los moradores de estas islas, ¡siempre han sabido pecar! En todas partes el corazón humano es por naturaleza "engañoso más que todas las cosas, y perverso" (Jeremías 17:9). El poder, alcance y universalidad del pecado, para mí constituyen la prueba más convincente de la inspiración del Génesis y la narración mosaica del origen del hombre. Una vez se acepta el hecho de que el género humano proviene de Adán y Eva, y de que éstos, tal como dice el Génesis, cayeron en el pecado, entonces se entiende y tiene explicación el estado y condición presente de la raza humana. Pero de negarse la narración del Génesis (como hacen tantas personas) se cae en dificultades insuperables. La prevalencia y universalidad de la depravación humana viene a ser para los incrédulos una dificultad que no pueden evadir ni explicar.



Una de las pruebas más evidentes del alcance y poder del pecado la constituye el hecho de que, aún después de la conversión, y cuando la persona ya ha venido a ser el objeto de la obra del Espíritu Santo, el pecado todavía persiste y hace mella en el creyente. Esto se expresa en el Artículo Noveno de nuestra confesión con aquellas palabras de que "la infección de la naturaleza por el pecado, permanece incluso en los que han sido regenerados". Las raíces de la corrupción humana están tan profundamente arraigadas aún después de haber sido el creyente regenerado, lavado, santificado, justificado y hecho miembro vivo de Cristo que, al igual que la lepra en el cuerpo, el creyente no podrá verse completamente libre de estas raíces hasta que el tabernáculo terrestre se haya deshecho.



Cierto es que en el creyente el pecado "ya no tiene más dominio" sino que gracias al principio liberador de la gracia, es reprimido, controlado, mortificado y crucificado. La vida del creyente es una vida de victoria y no de derrota. Sin embargo, las luchas que tienen lugar en su interior, la vigilancia tan estrecha que debe ejercitar en todo momento sobre su íntima personalidad, la contienda entre la carne y el espíritu, los ‘gemidos’ interiores que sólo el creyente conoce, todo, todo esto evidencia la misma gran verdad: el enorme poder y vitalidad del pecado. En verdad debe ser poderoso cuando, aún después de haber sido crucificado, ¡todavía está vivo! Bienaventurado el creyente que ha entendido esto y se goza en el Señor Jesús, pero que no tiene confianza en la carne; y mientras dice, ‘Gracias a Dios que nos da la victoria¡, nunca se olvida de velar y orar para no caer en la tentación.



 La culpabilidad y carácter vil y ofensivo del pecado.
Sobre este punto mis palabras serán pocas y breves. No creo que desde un plano natural y como criaturas podamos darnos verdadera cuenta de la tremenda pecaminosidad que a los ojos de Dios, santo y perfecto, tiene el pecado. Por otra parte, Dios es aquel Ser eterno "que nota necedad en sus ángeles", y en cuyos ojos ni aun "los cielos son limpios" (Job 4:18; 15:15). Dios lee los pensamientos, los sentimientos y las acciones, y "ama la verdad en lo íntimo" (Salmo 51:6). Por otra parte, nosotros no somos más que pobres criaturas ciegas nacidas en pecado, que hoy estamos aquí y mañana retornamos al polvo; nuestra morada está entre pecadores y nuestra atmósfera es de maldad, enfermedad e imperfeccion. De ahí que no seamos capaces de formarnos un concepto correcto del carácter vil y terrible del pecado; pues no podemos sondear sus profundidades, ni tenemos vara para medirlo.


El ciego no puede apreciar diferencia alguna entre las obras maestras de Ticiano o Rafael y la cabeza de la reina de Inglaterra pintada en una pancarta del pueblo. El sordo no puede distinguir entre el silbido de un pito de niño y el sonido de un órgano de catedral. La hediondez que nosotros notamos en ciertos animales está bien lejos de ser percibida por éstos. Y el hombre, el hombre caído, no puede hacerse una idea justa de lo abominable que es el pecado a los ojos de Dios, de este Dios tan santo cuya obra es tan perfecta ya sea mirándola a través de un telescopio, a simple vista o por medio de un microscopio; perfecta en la creación de un planeta tan enorme como Júpiter y que guarda un tiempo matemático en sus vueltas alrededor del sol; perfecta en la creación del más pequeño insecto que se arrastra sobre un pedazo de tierra menor que una huella de pie.



No nos olvidemos nunca de que el pecado "es aquella cosa tan abominable que Dios aborrece", que Dios es "muy limpio de ojos para ver el mal y que no puede ver el agravio", que la más insignificante transgresión de la ley de Dios nos "hace culpables de todos los mandamientos", que "el alma que pecare morirá", que Dios "juzgará los secretos del hombre", que "la paga del pecado es muerte", que hay un lugar "donde el gusano no muere y el fuego nunca se apaga", que "los malos serán trasladados al infierno e ‘irán a la condenación eterna" y que no entrará en el cielo "ninguna cosa sucia" (Jeremías 44:4; Habacuc 1:13; Santiago 2:10; Ezequiel 18:4; Romanos 2:16; Romanos 6:23; Marcos 9:44; Salmo 9:17; Mateo 25:46; Apocalipsis 21:27). Estas palabras son en verdad terribles, y más aún si pensamos que se hallan escritas en el Libro de un Dios de misericordia.



La cruz, pasión y obra redentora de nuestro Señor Jesucristo, constituyen la prueba más abrumadora e irrefutable de la universalidad y profundidad del pecado. ¡Qué terrible y negra debía ser la culpa del pecado, cuando nada, a no ser la sangre de Cristo, podía hacer satisfacción por ella! Pesada había de ser la carga del pecado humano cuando hizo que Jesús derramara sudor de sangre en la agonía de Getsemaní, y clamara en el Gólgota: "Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46). Lo que más nos pasmará en el despertar del día de la resurrección, será la clara visión que tendremos del pecado, y de nuestras faltas y defectos. Hasta entonces no llegaremos a tener una visión completa de la "pecaminosidad del pecado". Bien podía Whitefield decir: ‘La antífona del cielo será: ¡Lo que Dios ha obrado!’. 



El carácter engañoso del pecado.
Este punto es de gran importancia, y mucho me tomo que no se le de la que merece. Podemos ver este carácter engañoso del pecado en la sorprendente inclinación que muestra el hombre a darle una importancia muy inferior a la que en realidad tiene delante de Dios, y a la prontitud con que atenúa, excusa y minimiza la culpabilidad del mismo. "Dios es misericordioso" se nos dice, "se trata de un pequeño pecado". ‘¡Dios no es tan estricto como para culparnos de lo que hacemos por equivocación! Nuestras intenciones, a pesar de todo, ¡son buenas! ¡No se puede ser tan escrupuloso! ¿Dónde está el mal? ¡A fin de cuentas hacemos lo que hace la demás gente!’.


¿A quién no le es familiar esta manera de hablar? Con estas frases el hombre trata de allanar y suavizar lo que Dios ha designado como perverso y ruinoso para el alma. Con aquello de que una persona es "pronta", "achispada", "alocada", "inconsciente", "irreflexiva", "sin ataduras", etcétera, la gente se engaña a sí misma con la creencia de que el pecado no es tan "pecante" como Dios dice, y que no son tan malos como en realidad son. Esto puede apreciarse incluso en la tendencia de padres creyentes al permitir que sus hijos hagan ciertas cosas que son muy cuestionables. ¡Qué poco nos damos cuenta de la astucia del pecado! Somos demasiado propensos a olvidar que la tentación al pecado raramente se presentará a nosotros en sus colores verdaderos, y diciéndonos: "Yo soy vuestro enemigo mortal y deseo vuestra ruina eterna en el infierno" ¡Oh, no! La tentación se acerca a nosotros como Judas, con un beso; y como Joab, con mano amiga y palabras aduladoras. El fruto prohibido tenía una apariencia buena y deseable a los ojos de Eva, pero fue la causa de que nuestros primeros padres fueran arrojados del Edén. Aquel paseo ocioso por la terraza del palacio parecía muy inocente a David, y sin embargo terminó en adulterio y homicidio. En sus principios, el pecado raramente parece pecado. Velemos y oremos, no sea que caigamos en tentación. Podemos dar nombres suaves a la maldad pero no podemos alterar con ello su naturaleza y carácter perverso delante de Dios. Acordémonos de las palabras del apóstol Pablo: "Exhortaos los unos a los otros cada día, para que ninguno de vosotros se endurezca con engaño de pecado" (Hebreos 3:13).



Y antes de proseguir adelante en el estudio del tema, deseo brevemente mencionarles dos pensamientos que con irresistible fuerza se abren paso en mi mente, El primero es éste: Lo dicho sobre el pecado es motivo más que sobrado para una profunda humillación por nuestra parte. Parémonos delante de la imagen que del pecado nos presenta la Biblia, y démonos cuenta de cuán viles, depravados y culpables somos delante de Dios. ¡Cuán necesario es que en nosotros tenga lugar aquel cambio total y completo de corazón que se llama regeneración, nuevo nacimiento o conversión! ¡Qué masa de imperfección y enfermedad se pega aún a los mejores de nosotros y en lo mejor de nosotros! ¡Cuán solemne es el pensamiento de que "sin santidad nadie verá al Señor" (Hebreos 12:14). Al pensar en nuestros pecados de comisión y de omisión, ¡qué motivos tenemos para clamar cada noche como el publicano: "Señor, sé propicio a mí, pecador" (Lucas 18:13). Cuán apropiadas son aquellas palabras del Ritual de nuestra Iglesia: ‘El recuerdo de nuestras ofensas nos es doloroso; nos resulta una carga insoportable. Ten misericordia de nosotros, Padre de misericordia; por amor de tu Hijo nuestro Señor Jesucristo, perdónanos todo lo pasado’. El hombre más santo, en su propia estimación es un miserable pecador, y hasta el último momento de su existencia será un deudor de la misericordia y de la gracia.



Con todo mi corazón me identifico con las palabras de Hooker, que cito a continuación: ‘Examinemos aún las cosas mejores y más santas de nuestra vida espiritual; por ejemplo: la oración. Es en la oración cuando nuestros sentimientos hacia Dios más se conmueven; sin embargo, aun mientras oramos, ¡cuán a menudo nuestros afectos se distraen! ¡Qué poca reverencia mostramos hacia la sublime majestad del Dios con quien hablamos! ¡Qué poco remordimiento por nuestras propias miserias! ¡Qué poco gustamos de la dulce influencia de sus tiernas misericordias! ¿No es cierto que muchas veces no tenemos deseos de orar? Parece como si Dios, al decirnos ‘Clama a mí’, nos hubiera impuesto una labor pesada. Lo que digo quizá pueda parecer un poso extremado, pero permite que tu corazón haga recto examen de todo esto, y veras que es así. Sabes que Dios dijo a Abraham que si encontraba cincuenta, cuarenta, veinte o aunque sólo fueran diez personas justas, por amor a las tales no destruiría la ciudad de Sodoma. Imaginad que ahora Dios viene a nosotros con una propuesta distinta: la de que escudriñemos a todas las generaciones desde la caída de nuestro padre Adán hasta nuestro día en busca de alguna persona que pueda haber realizado una obra que ante los ojos de Dios sea pura y sin sombra alguna de pecado, y que por amor a esta obra inmaculada Dios estaría dispuesto a librar a los hombres y a los ángeles caídos de la condenación. ¿Creéis que esta obra, este rescate, podría hallarse entre todos los hijos de los hombres? ¡No! Aún en lo más perfecto que pueda haber en nosotros hay mucho que necesita perdón’.



Estoy persuadido de que cuanta más luz se tiene, más se llega a ver la pecaminosidad del corazón; de ahí que cuanto más cerca esté el creyente del cielo más debe revestirse de humildad. Si estudiáramos las biografías de los santos más eminentes, como Bradford, Rutherford y McCheyne, nos daríamos cuenta de que ellos han sido también los hombres más humildes.



En segundo lugar deseo que mis lectores se den cuenta de cuán agradecidos deberíamos estar por el glorioso Evangelio de la gracia de Dios. Existe un remedio para las necesidades del hombre que es tan ancho y profundo, como para cubrir su enfermedad. No debemos, pues, tener miedo de mirar al pecado y estudiar su naturaleza, origen, poder, alcance y carácter engañoso si al mismo tiempo miramos a la medicina todopoderosa que en la persona y obra de Cristo tenemos a nuestro alcance. Aunque el pecado abundó, la gracia ha sobreabundado. En la obra que Él hizo muriendo por nuestros pecados y resucitando para nuestra justificación, en los oficios que Él desempeña como Sacerdote, Sustituto, Médico, Pastor y Abogado, en la preciosa sangre que derramó y que nos puede limpiar de todo pecado, en la justicia eterna que Él adquirió, en la intercesión continua que como representante nuestro ejerce a la diestra de Dios, en su poder para salvar al peor de los pecadores y su buena disposición para recibir y perdonar al más inicuo, en la gracia que el Espíritu Santo implanta en los corazones de los creyentes, renovándolos y santificándolos y haciendo que las cosas viejas pasen y que todas sean hechas nuevas, en todo ese, ¡y qué resumen más breve hemos hecho!, en todo eso, digo, se descubre una medicina completa y perfecta para la horrible enfermedad del pecado. Por terrible y espantosa que resulte la visión correcta del pecado, no hay motivo para desmayar ni desesperar; ¡Miremos a Cristo! No es de extrañar que el gran siervo de Dios, Flavel, termina cada capítulo de su admirable obra ‘La Fuente de la Vida’ con aquellas conmovedoras palabras: ‘Bendito sea Dios por Jesucristo’.



En lo que llevamos dicho, no he hecho más que estudiar la superficie del tema, y es que la amplitud del mismo escapa a los horizontes de este escrito. Quien desee profundizar más sobre el mismo, tendrá que acudir a los estudios completos y exhaustivos de los maestros de la teología experimental, tales como Owen, Burgess, Manton, Charnock y otros gigantes de la escuela puritana. En temas como el que nos ocupa ningún escritos puede compararse con los puritanos. Ahora sólo me resta establecer unas conclusiones prácticas que de la doctrina del pecado podemos inferir.



a. El concepto bíblico de pecado es uno de los mejores antídotos contra la oscura, vaga y nebulosa teología de nuestro tiempo. La base doctrina del cristianismo mayoritario de nuestro tiempo, si bien no podemos decir que no sea evangélica, tenemos motivos suficientes para sospechar que no da el peso, no llega a los 1000 gramos el kilo. Es un cristianismo en el que, sin duda alguna, ‘hay algo de Cristo, algo de gracia, algo sobre la fe, algo sobre el arrepentimiento y algo sobre la santidad’, pero no es la cosa verdadera tal como se encuentra en la Biblia. Todo se encuentra fuera de lugar y fuera de proporción. En una mezcla doctrinal confusa, que ni puede influenciar la conducta diaria, ni brindar consuelo en la vida, ni dar paz en la hora de la muerte; y los que la profesan se dan cuenta de ello cuando es demasiado tarde. La mejor manera de subsanar un cristianismo endeble, es predicar y llevar a primer plano la vieja doctrina bíblica de la pecaminosidad del pecado. La gente no volverá sus rostros hacia el cielo, hasta que no llegue a experimentar la realidad del pecado y el peligro del infierno. Esforcémonos para predicar en todas partes esta olvidada doctrina del pecado. No olvidemos que ‘la ley es buena, si alguno usa de ella legítimamente’ y que ‘por la ley viene el conocimiento del pecado’ (1ª Timoteo 1:8; Romanos 3:20; 7:17). Confrontemos a la gente con la ley. Expongamos los Diez Mandamientos y golpeemos las conciencias con la amplitud, profundidad y altura de sus requerimientos. Esto fue lo que hizo el Señor Jesús en el Sermón del Monte; y lo mejor que nosotros podemos hacer es imitarle. La gente nunca acudirá verdaderamente a Jesús, permanecerá con Jesús y vivirá con Jesús, a menos que vea su necesidad y sepa por qué ha de acudir. Las almas que verdaderamente acuden a Jesús, son aquellas a las que el Espíritu Santo ha dado convicción de pecado. Sin una convicción genuina de pecado los hombres podrán actual como si en verdad siguieran a Jesús, pero tarde o temprano volverán al mundo. 



El concepto bíblico del pecado es uno de los mejores antídotos contra la teología liberal y modernista tan en boga en nuestros días. La tendencia del pensamiento moderno es la de rechazar credos, dogmas y cualquier encasillamiento doctrinal. Se considera como principio sabio y sublime el no condenar ninguna opinión, y considerar a los inteligentes y sinceros maestros de la época como dignos de ser oídos y respetados, pese a la heterogeneidad de su pensamiento y a los efectos destructivos de sus sistemas. En pocas palabras: según el sentir de hoy en día todo el mundo tiene razón y nadie está equivocado. ¡Todo es verdad y nada es mentira! ¡Todo el mundo se salvará, y nadie se perderá! La obra de la Redención y de la Sustitución, la personalidad del diablo, el elemento sobrenatural y milagroso de la Escritura, la realidad y eternidad del castigo futuro, todas estas grandes y enormes piedras fundamentales son serenamente arrojadas por la borda, como si fueran maderas, para aligerar el barco del cristianismo y poder así navegar a compás con el barco de la ciencia. Y si alguien se atreve a alzar su voz en contra de estas innovaciones, enseguida se le tildará de ignorante, atrasado, y de fósil teológico. Si citamos la Biblia se nos dirá que ‘toda la verdad no se contiene en las páginas de este viejo libro judío, y que la investigación actual ha encontrado y descubierto muchas cosas desde que el Libro se terminó’. Para contrarrestar esta plaga moderna no hay mejor método que el de predicar claramente la naturaleza, realidad, engaño, poder y culpa del pecado. Debemos atacar las conciencias de estos hombres de ‘ideas tan amplias’, con nociones claras sobre el pecado. Debemos pedirles que con la mano sobre el corazón, nos digan si sus opiniones favoritas les son de consuelo en los días de enfermedad, en la hora de la muerte, o junto al lecho de muerte de sus padres, o junto a la sepultura de la esposa amada o el hijo querido. Debemos preguntarles si una vaga ‘buena fe’, sin contenido doctrinal definido, puede darles paz en tales circunstancias. Debemos preguntarles si de vez en cuando no sienten como un corroer interior, y si en verdad toda esta investigación, filosofía y ciencia del mundo, les llega a satisfacer. Y hemos de explicarles que este algo que corroe, es un sentimiento de pecado y culpabilidad que ellos tratan de acallar e ignorar. Sobre todas las cosas debemos decirles que sólo una sincera sumisión a las viejas doctrinas de la caída y ruina del hombre y de la rendición a Cristo, pueden proporcionar verdadero descanso. 



El concepto bíblico del pecado es uno de los mejores antídotos contra un cristianismo ritualista. Puedo comprender bien que para un alma que no ha sido iluminada por el Espíritu, una liturgia florida y un ritualismo elaborado tengan un gran atractivo. Pero me resisto a creer que una vez la conciencia ha sido despertada y vivificada, un culto ritualista pueda satisfacerle plenamente. Mientras no tenga hambre, con fastuosos juguetes y sonajeros podremos acallar al bebé, pero tan pronto como sienta los imperiosos deseos que reclaman satisfacción, nada lo calmará a no ser la comida. Y así sucede con el hombre en lo que concierne a su alma. La música, las flores, los cirios, el incienso, etc. Podrán complacer el alma bajo ciertas condiciones, pero una vez esta alma ‘se levanta de los muertos’ ya no se contentará con estas cosas; las considerará como bagatelas y pérdida de tiempo. Cuando un pecador ve su pecado lo único que desea ver es al Salvador. Experimenta sobre sí los efectos de una enfermedad terrible, y sólo el gran Médico puede curar sus dolencias. Tiene hambre y sed, y desea el agua de vida y el pan de vida. No tendríamos tanto romanismo en nuestro país si en los últimos veinticinco años la doctrina de la pecaminosidad del pecado hubiera sido predicada. 



El concepto bíblico del pecado es uno de los mejores antídotos contra las teorías forzadas que sobre la perfección y santificación cristiana prevalecen en nuestro tiempo. No me extenderé mucho sobre este punto, y confío que lo poco que diga no ofenda a nadie. Estoy de acuerdo con aquellos que buscan la perfección en el uso diligente y constante de los medios de gracia y en el progresivo desarrollo de las gracias del carácter cristiano. Pero si se nos dice que en este mundo el creyente puede conseguir un estado libre del pecado, y que puede vivir años y años en una ininterrumpida comunión con Dios y por largos meses puede no tener no un solo pensamiento malo, con toda honestidad debe decir que tal creencia me parece totalmente desprovista de base bíblica. Y aún diré más: tal creencia es muy peligrosa para el que la tiene, y redundará en perjuicio propio y de aquellos que sinceramente buscan su salvación. 



No encuentro en la Biblia esta noción de que mientras estamos en la carne podamos alcanzar tal perfección. Creo que las palabras del Artículo Quince de nuestra confesión son estrictamente verdaderas: ‘Sólo Cristo fue sin pecado y todos nosotros, aunque bautizados y nacidos de nuevo en Cristo, ofendemos en muchas cosas; y si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros’. Aún en nuestras mejores obras hay imperfección; no amamos a Dios como deberíamos, es decir, con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas; no tememos a Dios como deberíamos; nuestras oraciones están manchadas de imperfección. Damos, perdonamos, creemos, vivimos y esperamos, pero de una manera imperfecta; luchamos contra el diablo, el mundo y la carne de una manera imperfecta. No nos avergoncemos, pues, de confesar nuestro estado de imperfección. Repito de nuevo lo que ya he dicho: el mejor antídoto en contra de esta ilusión vana de perfeccionamiento que nubla algunas mentes, es el que se deriva de una noción clara y profunda de la naturaleza, pecaminosidad y engaño del pecado.



En último lugar, el concepto bíblico del pecado viene a ser un antídoto admirable contra el concepto tan pobre que hoy en día se tiene de la santidad personal. Ya sé que este tema es muy delicado y doloroso, pero no por ello lo pasaré por alto. Ya desde hace tiempo, mi triste convicción es de que la regla de vida diaria ha ido descendiendo y va empobreciéndose cada vez más entre los que profesan ser creyentes. Mucho me temo que aquella caridad a la semejanza de Cristo, aquella amabilidad y buen temperamento, aquel desinterés y mansedumbre, aquel celo y deseo de hacer el bien, aquella consagración y separación del mundo, que eran tan apreciadas por nuestros antepasados, en nuestro tiempo, no tienen la estima que deberían tener. 



No pretendo desarrollar exhaustivamente las causas que han ocasionado este estado de cosas, sino que haré algunas conjeturas para la consideración del lector. Quizá se deba a que cierta profesión de fe religiosa se ha puesto tan de moda y fácil, que las corrientes que eran estrechas y profundas ahora se han ensanchado y perdido profundidad; lo que se ha ganado en apariencia externa, se ha perdido en calidad. Quizá se deba a la prosperidad material registrada en los últimos veinte años y que ha introducido en el cristianismo una plaga mundana de indulgencia propia y ‘amor a la buena vida’. Lo que antes eran lujos, ahora son necesidades; la abnegación y el espíritu de sacrificio ahora casi se desconocen. Quizá la gran controversia religiosa de nuestro tiempo haya secado la vida espiritual de muchos. A menudo nos hemos contentado con mostrar celo por la pureza doctrinal del Evangelio y hemos descuidado las sobrias realidades de una vida de piedad. Sean cuales sean las causas, los resultados permanecen: el nivel de santidad personal del creyente ha bajado, y ¡el Espíritu Santo está siendo contristado! Todo esto requiere, por nuestra parte, una sincera y profunda humillación y un examen de corazón.



El remedio para todo este estado de cosas hay que buscarlo en una comprensión clara y bíblica de la pecaminosidad del pecado. No es necesario ir a Egipto o adoptar prácticas semi-romanas para reavivar nuestra vida espiritual. No hay necesidad de que instauremos de nuevo el confesionario o volvamos al monasticismo y al ascetismo. ¡Nada de eso! Debemos, simplemente, arrepentirnos y hacer nuestras primeras obras; debemos acudir de nuevo a las ‘sendas antiguas’. Debemos arrodillarnos humildemente en la presencia de dios, y mirar de frente a lo que el Señor Jesús llama pecado y a lo que el Señor Jesús llama ‘hacer su voluntad’. Démonos entonces cuenta de que es terriblemente posible vivir una vida despreocupada, fácil y medio mundana, y mantener, al mismo tiempo, principios evangélicos y considerarnos evangélicos. Una vez nos hayamos percatado de que el pecado es abominable, que mora en nosotros de una manera muy intensa y que se adhiere a nosotros más de lo que llegamos a suponer, seremos llevados a confiar, creer y permanecer más cerca de Cristo. Una vez cerca de Cristo, beberemos más profundamente de Su plenitud, y aprenderemos de una manera más real a ‘vivir la vida de fe’ tal como hizo Pablo. Una vez hayamos sido enseñados a vivir la vida de la fe en Cristo, morando en Él, llevaremos más fruto y estaremos más fortalecidos para el desempeño de nuestras obligaciones, seremos más pacientes en la tribulación, ejerceremos más vigilancia sobre nuestros pobres y débiles corazones y nos transformaremos más a la semejanza de nuestro Maestro. En la misma proporción en que apreciemos lo que Cristo ha hecho por nosotros, nos esforzaremos en vivir y trabajar para Él. Siendo mucho lo que sintamos haber sido perdonados, mucho le amaremos. En resumen y como dice el apóstol: "mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma semejanza, como por el Espíritu del Señor" (2ª Corintios 3:18).



A simple vista parece experimentarse en nuestro tiempo un creciente deseo de santidad. Las conferencias para promover una vida de santidad son muy comunes y frecuentes. El tema de la ‘vida espiritual’ es el de muchos congresos y el de muchas reuniones y ha despertado interés general en nuestra nación. De ello deberíamos alegrarnos. Todo movimiento que, basado en sanos principios, tenga como meta profundizar las raíces de nuestra vida espiritual y aumentar la santidad personal, vendrá a ser una verdadera bendición para nuestras iglesias, hará mucho para reunir a los cristianos y salvar las tristes divisiones entre los creyentes. Puede traernos un derramamiento fresco de la gracia del Espíritu y venir a ser vida para los muertos. Pero tal como dije al principiar de este escrito, si queremos edificar alto, primero debemos cavar hondo; y estoy convencido de que el primer paso para conseguir una santidad de vida más elevada consiste en darse cuenta de la terrible pecaminosidad del pecado.



Autor: J. C. Ryle (1816 – 1900) Obra: Perlas Cristianas Editada por: The Banner of Truth 




martes, 26 de marzo de 2013

El ministerio de apóstol en la actualidad.


"Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo." Efesios4:11-12


Durante el primer siglo de la iglesia existía el oficio de apóstol, el cual fue ejercido por los doce discípulos de Jesús además de Matías, quien ocupó el puesto de Judas, y Pablo. Los apóstoles fueron escogidos especialmente por Cristo (Marcos 3:16-19). La selección del sustituto de Judas se encuentra en Hechos 1:20-26. También debe tenerse en cuenta que Pablo fue escogido por Cristo (1 Corintios 15:8-9; Gálatas 1:1; 2:6-9). A estos hombres les fue dada la tarea de colocar las bases de la iglesia universal. 

La Biblia no da lugar a la interpretación del apostolado actual, cuando describe a la iglesia como un edificio multipisos en construcción. En un edificio de muchos pisos el fundamento no puede crecer porque está debajo de los pisos sosteniéndolos, sólo los pisos van creciendo. En este caso los pisos representan cada generación nueva de creyentes se van uniendo a la iglesia: Efesios 2: 19-22 - Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu. Observe que lo que crece es el edificio (la iglesia), el fundamento no puede crecer sino que sostiene al edificio. En el primer siglo fueron creadas las bases de la iglesia universal. Es por esto que el oficio de apóstol ya no es ejercido. Una vez que el fundamento ha sido creado ya no necesitamos fundadores.

La enseñanza actual sobre la restauración de profetas y apóstoles esta lejos de ser lo que las Escrituras describen acerca de los hombres que tuvieron el don de la profecía y el oficio de apóstol.

Cuando Jesús les enseña a sus discípulos que no permitieran que los llamasen Rabí (maestro) era porque ese título en los judíos se había convertido en motivo de sentirse superior, de buscar ser alabados y admirados por la gente.

Todo lo que hacen es para aparentar. En los brazos se ponen anchas cajas de oración con versículos de la Escritura, y usan túnicas con flecos muy largos.[b] 6 Y les encanta sentarse a la mesa principal en los banquetes y ocupar los asientos de honor en las sinagogas. 7 Les encanta recibir saludos respetuosos cuando caminan por las plazas y que los llamen “Rabí”.



8 »Pero ustedes, no permitan que nadie los llame “Rabí”, porque tienen un solo maestro y todos ustedes son hermanos por igual. 9 Además, aquí en la tierra, no se dirijan a nadie llamándolo “Padre”, porque sólo Dios, que está en el cielo, es su Padre espiritual. 10 Y no permitan que nadie los llame “Maestro”, porque ustedes tienen un solo Maestro, el Mesías. 11 El más importante entre ustedes debe ser el sirviente de los demás; 12 pero aquellos que se exaltan a sí mismos serán humillados, y los que se humillan a sí mismos serán exaltados.




13 »¡Qué aflicción les espera, maestros de la ley religiosa y fariseos! ¡Hipócritas! Pues le cierran la puerta del reino del cielo en la cara a la gente. Ustedes no entrarán ni tampoco dejan que los demás entren.




15 »¡Qué aflicción les espera, maestros de la ley religiosa y fariseos! ¡Hipócritas! Pues cruzan tierra y mar para ganar un solo seguidor, ¡y luego lo convierten en un hijo del infierno dos veces peor que ustedes mismos! (NTV) Mateo 23 :5-15




El título de apóstol en la actualidad cumple exactamente con esta descripción. El aceptarlo no sólo es una falsa ilusión, sino que estamos entrando en el ámbito pecaminoso del orgullo que fue prohibido por Cristo.


Llegará el tiempo en que la gente no escuchará más la sólida y sana enseñanza. Seguirán sus propios deseos y buscarán maestros que les digan lo que sus oídos se mueren por oír. Rechazarán la verdad e irán tras de mitos. (NTV) 2 Timoteo 4:3

lunes, 25 de marzo de 2013

EL EVANGELIO DE LA PROSPERIDAD


por René Pereira Morales

Bases Doctrinales del Evangelio de la Prosperidad

El Evangelio de la Prosperidad se caracteriza por el uso de ciertos textos bíblicos para sustentar sus creencias. Estos textos bíblicos según veremos se interpretan sin tomar en cuenta las reglas la hermenéutica e ignorando otras evidencias bíblicas que contradicen dichas interpretaciones. Esta práctica es común en los círculos de corte carismático donde el estudio profundo de las Escrituras y el análisis crítico se ve como algo carnal, poco espiritual y que "apaga" al Espíritu Santo porque “la letra mata pero el Espíritu vivifica”. Analicemos ahora más de cerca dichas enseñanzas.
·        Nuestras enfermedades y dolencias físicas fueron sanadas por completo en la cruz del Calvario. Por tanto, siendo un aspecto de posición del cristiano, no hay lugar ni razón para que un redimido esté enfermo (Isaías 53:4.)
·        La intención de Dios es que todo cristiano esté sano y sea próspero económicamente (3ra de Juan verso 2.)
·        Dios oye y concede todas nuestras peticiones. Si declaramos o confesamos algo, ya tenemos lo que hemos pedido aún sin haber visto resultados (1 Juan 5:14-16, Mateo 21:21.)
·        Toda sanidad o prosperidad que surge como resultado de la confesión de fe de una persona depende del sostenimiento continuo de esa confesión. Si un creyente se "debilita" en la fe puede perder la prosperidad o la sanidad que como resultado de su fe haya recibido (Romanos 4:18-25).
·        El Cristiano ha sido liberado de la maldición de la ley la cual incluía la pobreza y la enfermedad. Por lo tanto tiene que tener prosperidad como los justos del Antiguo Testamento (Gálatas 3:13-14).
En los cinco puntos arriba mencionados tenemos las posiciones básicas del Evangelio de la Prosperidad según las enseñanzas de los predicadores de la "Súper Fe". A primera vista podemos notar que estas doctrinas no toman en cuenta la soberanía de Dios en ningún aspecto. Para la Súper Fe es imposible que Dios pueda concebir en sus planes el que un creyente sufra una enfermedad o padezca necesidad económica y mucho menos que ambas cosas obren para bien. Pasemos ahora a examinar punto por punto y a confrontar estas posiciones con lo que la Escritura nos enseña.
La profecía mesiánica que hallamos en Isaías 53 es la base fundamental del Evangelio de la Prosperidad para sostener su teoría de la sanidad como aspecto posicional. Un examen más detallado de estos versos sin embargo nos muestran que no es esa la interpretación correcta de dichos versículos. Debemos tomar en cuenta que Isaías está describiendo el ministerio de Cristo en la tierra dando detalles de su nacimiento, sus señales y su expiación en la cruz. El verso 4 de Isaías 53 habla específicamente de los milagros que realizó Jesús en la tierra. Mateo 8:17 nos confirma esto cuando declara que Jesús sanó a muchos y allí se cumplió la profecía de Isaías. El verso 5 sin embargo sí nos habla de la muerte de Cristo afirmando que allí fue herido por nuestras rebeliones y molido por nuestros pecados y por su llaga, por su herida, fuimos sanados. Utiliza la palabra sanados en referencia a nuestras rebeliones y nuestros pecados de los cuales hemos sido librados por medio de su carne. Más adelante en el verso seis se nos reafirma el hecho de que Dios cargó en El (Cristo) el pecado de todos nosotros. Notemos como en estos versos el Evangelio de la Prosperidad enfatiza la sanidad física y no vemos en ningún lado la prosperidad material como posición del creyente.
En el segundo punto se utiliza la salutación del apóstol Juan a Gayo como base para sostener la prosperidad económica como aspecto posicional del creyente. Se interpreta el verso,2 el deseo sincero de un amigo a otro como la voluntad de Dios para todos los cristianos. Esto es el colmo del ridículo. Se pretende utilizar una salutación de una epístola que claramente está dirigida a una persona en particular como la voluntad divina para todos los creyentes. Por otro lado si Dios desea que todos los cristianos sean saludables y prósperos y esto a la misma vez depende de la confesión de los mismos cristianos entonces ya no es un aspecto posicional sino que se obtiene por las obras.
En el tercer punto los maestros de la Súper Fe se basan en 1 Juan 5:15 para sostener el asunto de la confesión positiva. El argumento es como sigue; "Si Dios nos oye en cualquiera cosa que pidamos, tenemos las peticiones que le hayamos hecho". Una vez más aquí se ha ignorado por completo el contexto de estos versos. Cuando los de la Súper Fe mencionan este verso, obvian la parte más esencial del mismo. El verso 14 nos dice; "que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye". Notemos el lugar de la coma. Aquí claramente se enfatiza no los caprichos independientes de la persona, sino la voluntad de Dios. Obviamente, si pedimos conforme a su voluntad, tenemos las peticiones que le hayamos hecho. Jesús mismo oró rogando al Padre que pasara de sí la copa amarga de la cruz. No obstante se sometió a la voluntad del Padre. Pablo rogó tres veces para que le fuera quitado el aguijón de su carne y Cristo le reveló que no se lo iba a quitar y que se iba a glorificar en el mismo.
El texto de Romanos que se utiliza como base escritural para la afirmación del cuarto punto en ningún momento afirma que Abraham recibió la promesa de que tendría descendencia porque no dudó y mucho menos porque se mantuvo confesando la promesa de Dios. De hecho vemos que Abraham recurrió obró por su cuenta cuando se allegó a la esclava en busca de descendencia. El propósito del apóstol en mencionar a Abraham es para probar que el mismo fue justificado por la fe antes de que la ley fuera promulgada. Por consiguiente estos versículos de ninguna manera sirven como base para sostener la posición de que el cristiano puede perder su posición en Cristo si se debilita en la fe.
Finalmente la interpretación del punto número cinco es realmente una muestra del descuido total en la interpretación de la Biblia y un ejemplo de la ignorancia crasa de las Escrituras.  Pablo en estos versos está refutando las enseñanzas de algunos cristianos judaizantes los cuales pretendían añadir a la fe en Cristo la observancia de la ley y la tradición religiosa israelita. Cuando el apóstol habla aquí de la maldición de la ley en ningún momento se refiere a la enfermedad ni a la pobreza sino a la condenación que produce la desobediencia a la ley. Esto es señalado claramente en toda la epístola a los Gálatas y el mismo contexto de Deuteronomio 27:26 al cual Pablo hace referencia. En adición a esto, el ser librados de la maldición de la ley no trae como resultado el que recibamos los beneficios de guardar la ley (como afirman los del Evangelio de la Prosperidad), sino la bendición de Abraham que son los beneficios de la justificación por la fe. En ningún momento el apóstol alude aquí a la enfermedad y la prosperidad.

Objeciones a esta doctrina

Las enseñanzas del Evangelio de la Prosperidad promueven en las personas el anhelo desmedido hacia las cosas materiales de este mundo. Desvía la atención hacia lo mundano y temporero de tal manera que la victoria y efectividad de un creyente se juzga sobre la base de su salud física y su estatus económico. Declaramos que esta doctrina es totalmente herética, peligrosa y no respaldada por la Escritura. Quienes la promueven ambicionan riquezas y salud física para una vida próspera aquí en la tierra.
El Evangelio de la Prosperidad ignora los siguientes textos de la Biblia que contradicen su posición al respecto.
·        Santiago 1:9-10 “El hermano que es de humilde condición, gloríese en su exaltación; pero el que es rico, en su humillación; porque él pasará como la flor de la hierba”. (En ningún momento exhorta al pobre a confesar prosperidad ni al rico a gloriarse en sus riquezas)
·        1 Timoteo 6:6 “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que teniendo sustento y abrigo estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores”. (Lejos de estimular la búsqueda de la prosperidad, el apóstol nos exhorta a estar conformes con lo que tenemos y no ser codiciosos.)
·        Gálatas 4:13 “A causa de una enfermedad en el cuerpo os anuncié el evangelio al principio; y no me despreciasteis ni desechasteis por la prueba que tenía en mi cuerpo, antes bien me recibisteis como a un ángel de Dios, como a Cristo Jesús”. (El apóstol Pablo estuvo enfermo y su enfermedad sirvió para que los gálatas oyeran el mensaje del evangelio. La enfermedad, lejos de ser un estorbo y una maldición fue una bendición).
·        2 Corintios 12:7-10 “Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne... lo cual tres veces he rogado al Señor que lo quite de mí. Y me ha dicho bástate mi gracia... de buena gana de gloriaré más bien en mis debilidades para que repose sobre mí el poder de Cristo... me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades..." (Los teólogos concuerdan en que seguramente el aguijón de Pablo era alguna enfermedad de aspecto desagradable. Oró tres veces para que Cristo le quitara el aguijón y no le fue concedida su petición porque el propósito para con ese aguijón era enseñar a Pablo a gozarse en medio de la debilidad).
·        1 Timoteo 5:23 “Ya no bebas agua, sino una de un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades.<-">" (Si la doctrina de la Súper Fe es una enseñanza apostólica, ¿por qué se da aquí una solución medicinal a la enfermedad de Timoteo en lugar de declararse sano? Este verso echa al suelo la negación de los maestros del Evangelio de la Prosperidad a recurrir a la medicina.)
·        Filipenses 4:11 “...pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” (Pablo también veía sus momentos de pobreza y necesidad como parte del proceso de Dios para su crecimiento espiritual, no como una maldición).
Todos los versos arriba mencionados echan al suelo los argumentos del Evangelio de la Prosperidad. La Biblia nos habla del poder sanador de Dios y nos dice que también puede prosperar materialmente a una persona. Pero no hay base alguna para concluir que ambas cosas le corresponden a todos los cristianos como resultado de su salvación. Por encima de todo está la voluntad soberana de Dios. 1 de Samuel 2:6-7 nos dice: “Jehová mata, y él da la vida; Él hace descender al Seol y hace subir. Jehová empobrece, y él enriquece; abate y enaltece”